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Pobreza, Alimentación y Cuestión Agraria

Fundación "Alfredo Palacios", 6 de septiembre de 2002 Disertación del presidente del FAN, Horacio Delguy, en la Mesa Redonda organizada por "Jóvenes por la Igualdad" del "ARI" POBREZA, ALIMENTACIÓN Y CUESTIÓN AGRARIA El análisis de la pobreza y la falta de alimentación adecuada en la población supera ampliamente el ámbito agropecuario. Ambos son gravísimos problemas que aparecen como consecuencia de la aplicación de políticas macroeconómicas, sociales y culturales al menos equivocadas o, como sucedió en la Argentina de los últimos años, perpetradas con impunidad en función de intereses minoritarios y aprovechando la existencia de una dirigencia política, empresarial y sindical que, por acción, omisión, o simplemente distraída, permitió que estos dos flagelos, la pobreza y la desnutrición, hoy alcancen a más de la mitad de los argentinos. Intentaremos explicar esta problemática desde la óptica de los que producen los alimentos; desde el punto de vista del sector agropecuario que también fue víctima del modelo económico de convertibilidad de los noventa.; es decir, también alcanzado por la “Gran Estafa del Fin de Siglo”. La Argentina como productora de Alimentos La Argentina posee un extenso territorio y una gran variedad de regiones y ambientes ecológicos; climas que van desde los casi tropicales y subtropicales hasta los templados y muy fríos; subsuelos con agua en abundancia, regiones secas y húmedas con suelos fértiles de todo tipo y características, entre ellos, los del corazón agrícola de la pampa húmeda, considerados como unos de los más fértiles del mundo. Esto origina condiciones naturales inmejorables para la producción extensiva de ganado vacuno y ovino como muy pocos países poseen: extensas praderas con innumerables especies de gramíneas y leguminosas nativas e implantadas; tierras aptas para el cultivo de cereales de climas fríos como el trigo, cebada, avena y centeno, pero también con condiciones inmejorables para cereales y oleaginosas que necesitan mayores temperaturas como el sorgo, maíz y soja. Asimismo, regiones para frutales de climas fríos, como los duraznos manzanas y peras, plantaciones de cítricos, limones, pomelos, mandarinas y naranjas de climas templados, y hasta frutas de climas tropicales. Y se verifican producciones regionales de importancia económica para muchas provincias argentinas como algodón, maní, caña de azúcar, yerba, especies hortícolas en zonas de riego, flores, fibras vegetales y especies forestales, y multitud de producciones alternativas o artesanales, sin olvidar la inmensa riqueza ictícola de nuestra extensa plataforma submarina. Esta rápida descripción muestra un amplio abanico de alimentos que muy pocos países en el mundo pueden producir en semejante magnitud. Son riquezas naturales y potenciales que hacen que resulten inadmisibles los niveles de anemia y desnutrición que se han alcanzado en la Argentina como consecuencia de los estados de pobreza extrema e indigencia. Se ha estimado que nuestro país puede producir alimentos para mas de 300 millones de seres humanos, pero la mitad de su escasa población – el 10% de las personas que podríamos alimentar – no ingiere las proteínas, los hidratos de carbono y los micro nutrientes y vitaminas necesarias para una alimentación adecuada. Esta es una paradoja que agravia el sentido común y manifiesta una irrazonable relación entre la enorme capacidad de producir alimentos y la escasa posibilidad de que estos puedan llegar en tiempo y forma a todos sus habitantes. Esto demuestra que no siempre la riqueza y la producción de alimentos de un país, son directamente proporcionales al bienestar de sus habitantes y al progreso y desarrollo de los encargados de producirlos, los productores agropecuarios, quienes también sufrieron las consecuencias y penurias del modelo económico. Durante el período de vigencia de la convertibilidad desaparecieron una tercera parte de los productores, y los que aún permanecen como tales quedaron endeudados por más de 12.000 millones de dólares. (Agricidio) En definitiva, el sector agropecuario, que aumentó durante la década de los noventa la producción de cereales y granos oleaginosos en un 50%, también fue presa de la exclusión social y de la injusta distribución de la riqueza, lo que nos lleva a que hoy, en la Argentina, como hemos dicho, mas de la mitad de su población sea pobre o indigente. Una gran proporción de esos pobres vienen del campo. Queda claro entonces que el hambre y la desnutrición en nuestro país no es consecuencia de fallas en la etapa productiva, sino el resultado de una política aplicada y direccionada por unos pocos, quienes, en nombre de todos, privatizaron, desnacionalizaron y concentraron el patrimonio público y privado de todos los argentinos, permitiendo además la transferencia al exterior de miles de millones de dólares, cuya contrapartida es una monstruosa deuda externa que condiciona nuestro desarrollo futuro y nuestro poder de decisión ( Estos personeros e intereses concentrados se llevaron puesta a la Argentina). Debemos ser concientes que salir de esta encrucijada va a requerir trabajo y esfuerzo adicional durante muchos años. Pero en la coyuntura y en el corto plazo existen situaciones que hay que solucionar con rapidez. Por caso, la de los habitantes expulsados de sus campos y endeudados que aún se encuentran en los pueblos y en sus explotaciones, a quienes debemos tratar de incorporar al circuito económico, y la de los que ya habitan en los cinturones de pobreza de las grandes ciudades, famélicos, enfermos, desamparados, inmersos en ámbitos de violencia y delito, o, en el mejor de los casos, víctimas del asistencialismo y el clientelismo político que les acerca colchones o bolsas de comida a cambio de votos y reclutamiento para concentraciones político-partidarias. Estos son los más afectados, ahora con muy pocas o ninguna posibilidad de reinserción en el circuito económico, y necesitan asistencia comunitaria permanente. Debemos asumir esta realidad y mirar el mediano y el largo plazo para poder encontrar la forma de recuperar el trabajo y la dignidad de la próxima generación de argentinos, nuestros hijos, millones de niños que deben ser alimentados, educados y sanados como corresponde, para que puedan iniciar un camino que impida la pérdida de nuestra identidad, de nuestra cultura, de nuestra soberanía y de nuestro poder de decisión. Es decir, comenzar a transitar un auténtico proyecto de desarrollo que los mismos de siempre pretenden y pretenderán evitar para continuar medrando con los despojos que quedan de la Nación. Entonces cabe preguntarnos; si esto es lo que ha ocurrido: ¿Porqué una década con el modelo de convertibilidad? ¿Cómo fue posible que frente a este proceso perverso que duró más de diez años no se le interpuso alguna salida y las reacciones sociales y sectoriales no tuvieron suficiente entidad para revertirlo?. La respuesta incluye cuatro razones: 1- En primer lugar, por una enorme irresponsabilidad de la dirigencia, que acompañó en un alto porcentaje al proceso económico establecido. La falta de confianza en la representación política, empresarial y sindical que manifiesta la sociedad, no excluye a la dirigencia del agro, también cuestionada por los productores. Por ello consideramos como imprescindible la creación de una nueva estructura gremial agropecuaria a nivel nacional, que sea representativa, solidaria, participativa, federal, democrática, sin exclusiones, sin paternalismos de ninguna naturaleza y con una actitud firme en defensa de los derechos e intereses de todos los productores agropecuarios. Esta carencia fue tal vez la razón por la cual el agro fue la primera víctima anunciada por los ideólogos de la convertibilidad cuando, en los comienzos de este proceso, desde la misma secretaria de Agricultura se pronosticó la desaparición de 200.000 productores agropecuarios como una consecuencia insalvable de la presunta modernización que se iniciaba. Significó una profecía auto cumplida que no tuvo la respuesta gremial correspondiente. 2- La segunda razón es porque la convertibilidad estuvo acompañada durante un tiempo prolongado, como todo proceso de estabilidad abrupta posterior a una economía con alta inflación, de una sensación generalizada de alivio que otorgó impunidad ética e intelectual a políticos, tecnócratas y dirigentes empresariales y sindicales que, acatando los dictámenes autoritarios y arbitrarios de los consabidos gurúes autóctonos o foráneos del establishment, aconsejaban acompañar la continuidad del proceso por encima de la verdad y de los problemas que se estaban generando. 3- En tercer lugar, por la perversión propia del esquema de convertibilidad, que impuso cuatro píldoras envenenadas: 1- Un seguro de cambio gratuito por ley (1$=1U$S). 2- Las tarifas de los servicios públicos privatizados fijadas en dólares. 3- El endeudamiento pertinaz de los argentinos en moneda extrajera ( 12.500 M en el agro), y 4- Para beneficio de la gran banca internacional, una cuantiosa deuda externa publica y privada, en crecimiento constante, progresivo y geométrico; cuatro píldoras envenenadas que infundieron un temor generalizado ante cualquier posibilidad o intento de salida. 4- Por último, pero no menos importante, los cuentos mediáticos cómplices de los chiveros de las corporaciones que confundieron aún más a los productores y a todos los ciudadanos en general. Se multiplicaron en los medios de prensa las fábulas al servicio de los privilegiados por el modelo para convencer y explicar lo inexplicable: que en la Argentina agropecuaria, con extraordinarias ventajas comparativas y enorme competitividad internacional para producir alimentos, la pobreza y la desnutrición se solucionarían como resultado del derrame de la economía virtuosa, al margen de algunas consecuencias inevitables de la globalización; y en el agro, el desarraigo y el éxodo rural más profundo de toda la historia agropecuaria, se explicaba diciendo que quedarían las empresas agropecuarias mas fuertes y eficientes. Fueron los años del pensamiento único que sentenciaba, sin alternativas, que la globalización, el mercado, y la competitividad eran los factores que determinaban el destino de las naciones y el futuro de los seres humanos. Para entender las reformas: Cómo es la comunidad Rural La población rural presenta, al contrario de lo que algunos suponen y especialmente en todos los países del mundo desarrollado, una energía centrífuga producto de su propio desarrollo. El balance poblacional rural en esos países es negativo. Es decir son más los productores que emigran y envejecen que los que ingresan o nacen en ese ámbito. El verdadero problema entonces radica en aplicar políticas activas tratando de contener en el campo y en los pueblos del interior a sus habitantes. Por esto los países del primer mundo, que quieren una ocupación equilibrada de su territorio, subsidian la producción, protegen a sus productores y propician políticas activas para su permanencia en las explotaciones y en las pequeñas comunidades para dinamizar pueblos y ciudades del interior. En la Argentina de los últimos años se aplicaron políticas activas, pero en sentido contrario, que concentraron las tierras y la economía y expulsaron a una tercera parte de los productores agropecuarios, en un éxodo rural salvaje jamás imaginado y sin precedentes en el mundo. Los productores agropecuarios, de manera especial en un país de raigambre agropecuaria como el nuestro, no saldrían jamás de sus explotaciones y de su tierra si pudieran subsistir con dignidad y contar, por lo menos en parte, con el bienestar propio de las grandes ciudades: una vivienda digna, electricidad, salud, educación, comunicaciones, caminos. Esto es así porque el campo no es solamente un medio sino también un modo de vida que el productor desea para su familia y para su descendencia. Por esto es que el desarraigo de la familia agropecuaria configura el ejemplo paradigmático de la desocupación; porque las mujeres y los hombres de campo, cuando salen de sus explotaciones, pierden su trabajo pero también pierden, junto a su familia, su hogar, su forma de vida y sus costumbres, además de tradiciones culturales y folklóricas arraigadas en su especial vínculo con la naturaleza. Estas características propias de la comunidad rural hacen que en el campo las decisiones en este sentido sean conservadoras y elaboradas y consensuadas por el productor junto a su familia. Son reacios a abandonar sus explotaciones porque saben que esa decisión es en la mayoría de los casos irreversible. Son pocos los que, arrepentidos, pueden regresar al ámbito rural. Este análisis de la realidad demuestra que el éxodo rural y el exterminio de la cultura productiva de cientos de miles productores no fue por propia decisión; derivó como consecuencia directa de la aplicación del modelo económico de los 90, y resultado de un proceso deliberado de concentración y desnacionalización de la tierra y de toda la economía . La reforma Agropecuaria que proponemos Proyecto Agropecuario Nacional La Argentina necesita un proyecto agropecuario diseñado en función de los intereses nacionales que no siempre son directamente proporcionales a los aumentos de producción y de las exportaciones. Abogamos por un proyecto agropecuario basado en un modelo económico de desarrollo, progreso y justicia para todos los productores y todos los argentinos. Pensamos en un proyecto agropecuario sustentado por la figura de la familia y la pequeña y mediana empresa rural como los ejes de ese desarrollo y con especial énfasis en la integración territorial y la revitalización de pueblos y ciudades del interior productivo. La distorsión de los precios relativos, la dolarización, la concentración de la tierra y la economía, la hiperinflación y la desocupación se utilizaron para trasladar con impunidad, lejos de nuestras fronteras, las riquezas naturales y el trabajo y esfuerzo de todos los argentinos. Esto no fue el resultado de las leyes naturales del mercado, como nos quieren hacer creer; fueron decisiones políticas direccionadas en sentido contrario a nuestros intereses. El salto cualitativo tecnológico a nivel mundial establece día a día nuevos esquemas productivos y de servicios que requieren menos tiempo de trabajo humano, y el campo no es la excepción. Pero esta realidad no debe implicar menos personas que trabajen y vivan en el interior. Las opciones son claras: o excluimos, desarraigamos, precarizamos y desocupamos a millones de argentinos del interior productivo y de los grandes centros urbanos, donde surge el mismo problema, o planteamos otro modelo de sociedad , otra lógica económica, que permita un cambio de tiempo por calidad de trabajo, altos niveles de redistribución social que potencien el mercado interno y en donde, de alguna manera, se plantee, desde el campo y desde la ciudad, la forma de cómo se redistribuye el salto cualitativo en la producción de riquezas que significa la mayor productividad de las altas tecnologías que avanzan a pasos agigantados. De no ocurrir esto, los pobres serán más y más pobres, hasta pasar a constituir población sobrante absoluta que ya no servirá, por su nivel de pobreza y aptitudes, ni como consumidor, ni como mano de obra barata de las grandes ciudades o trabajadores a destajo de las grandes corporaciones, como sucede hoy, por que éstas ya podrán reemplazarlos por sistemas automatizados más baratos aún. Debemos cambiar de paradigmas, encontrar una nueva forma de pensar para poder diseñar este verdadero proyecto agropecuario nacional que proponemos, y poder contar con normas, políticas activas y mercados dinámicos que originen nuevas empresas, incentiven el aumento de la producción en función de los intereses nacionales y poblacionales, generen balanzas de pago con el exterior superavitarias y logren que la riqueza así generada por la comunidad rural provea bienestar y alimentos a una comunidad que pueda adquirirlos en cantidad y calidad adecuadas. Desde el punto de vista geopolítico, para poder ocupar la mayor parte de nuestro vasto territorio con productores argentinos; y desde el punto de vista social, para que ingresen los que quieran incorporarse y contener a los que ya están pero se quieren ir. Si tenemos en claro lo que queremos podemos encontrar los instrumentos: las modificaciones de fondo en la estructura impositiva, la promoción a exportaciones no tradicionales, las normas para el desarrollo de las regiones, la excelencia en la educación y las investigaciones, la aplicación de incentivos, acciones de gobierno que permitan captar nuevos productores, las leyes en defensa de la cultura productiva de las regiones y el mantenimiento de usos, costumbres y tradiciones que sostengan a través del tiempo nuestra identidad como Nación. Todo esto es lo contrario de lo que proponen, desde adentro y desde afuera, para continuar con un sector agropecuario concentrado y dependiente del exterior, sin investigaciones científicas y tecnológicas de punta, privatista de organismos con funciones indelegables como el SENASA, el INTA y el INASE, y sin Entes reguladores y de control como las ex Juntas nacionales de Carnes y de Granos. Este modelo agropecuario que proponemos no encuentra respuesta en los extremos ideológicos y fundamentalismos que consideramos también desactualizados e inconducentes frente a una realidad cambiante en lo económico, político y social e inmersa en adelantos científicos y tecnológicos inimaginados pocos años atrás. Desde el Frente Agropecuario proponemos una estructura social y productiva del interior diferente y una economía rural donde el aumento de la producción, las exportaciones, la eficiencia y la competitividad estén subordinadas a la existencia de un equilibrio dinámico entre los productores que ingresan al circuito y los que emigran, hacia los pueblos y ciudades del interior y hacia los suburbios de las grandes ciudades. Este desafío que proponemos pretende cobijar y defender a todos los productores agropecuarios sin distinción ni discriminación alguna, porque estamos convencidos que hoy, la inmensa mayoría de las mujeres y los hombres del campo no tienen intereses contrapuestos, comparten los mismos problemas de fondo y propician la misma Argentina: la de todos y para todos los argentinos. Sabemos que los intereses que defendemos a través de este proyecto que propiciamos coinciden plenamente con los intereses de la Argentina, que sólo integrada como Nación podrá brindar un futuro promisorio para las próximas generaciones, pero también un mejor presente para las actuales. Por ellos y para ellos, que no son otros que nuestros propios hijos, y por nosotros, los ciudadanos de hoy, es que con total convicción planteamos esta profunda reforma agropecuaria que, inmersa en un verdadero proyecto de desarrollo nacional, impida la pobreza, asegure la alimentación y augure dignidad para todos los argentinos. Ing. Agr. Horacio Delguy Presidente del Frente Agropecuario Nacional