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Conflicto de Intereses

Nuestra lamentable situación económica, tiene su origen en la llamada "crisis de competitividad". A su vez la solución de la misma nos enfrenta a un crucial conflicto de intereses. Pero esta vez "intereses" se refiere a dos conceptos tan diferentes como enlazados, al punto que con humor podemos decir: "nos interesa, la diferencia de intereses, que implica nuestra tasa de interés".

De hecho, nuestra población se encuentra dividida en dos bandos de intereses encontrados. Están los que son muchos, y representativos del verdadero agotamiento económico actual. Y también los que son pocos, pero de innegable ascendencia sobre los que gobiernan, mucho mas allá que su real envergadura económica. Los primeros observan que mientras resulte caro el capital, es decir altos los intereses, no habrá ninguna forma de crecimiento económico. Pero también sostienen que no están dispuestos a seguir siendo el "pato de la boda" en el intento de acrecentar competitividad a fuerza de aumento de desempleo, caída de salarios, presión impositiva, y desmantelamiento de las obligaciones mínimas del Estado. Y observan con acierto que el pago de los intereses de la Deuda, previsto en el Presupuesto, no significa otra cosa que un aumento en esas calamidades. Los segundos, los que son menos, piensan que los altos intereses no son otra cosa que la manifestación explicita de nuestra falta de competitividad, pero no están dispuestos a aumentar competitividad con un ajuste en el valor de nuestra moneda. Pues son acreedores en pesos, así que prefieren endosarle el problema de competitividad a los asalariados. "A menores sueldos mayor competencia" sostienen. De allí la premura de la ley laboral, y su "sinuoso" método de obtención. En definitiva cobrando altos intereses, y sin riesgo cambiario, creen estar en el mejor de los mundos. La defensa de sus intereses patrimoniales pasa por obtener un valor alto y real para sus intereses financieros. Por supuesto que en este conflicto se juegan, además de la verdad, la cuota de poder de cada uno. Configurándose entonces un genuino conflicto político. Que trasciende lo económico. Confeccionada esta brevísima síntesis, y habida cuenta de la necesidad de resolver nuestra "crisis de competitividad", mas el conflicto político implícito, conviene contestar a las preguntas que, con independencia de las partes, se formula esa agradable mujer, vestida de Plata, que nos soporta estoicamente: Argentina. ¿Cuál es el interés general? ¿Cuál es el mismo en el largo plazo? Nada sería peor que resolver este conflicto por el expediente de preguntarse de qué lado están los que son muchos. Pues la demagogia y la política marquetinera han perdido toda credibilidad, nunca han resuelto nada en profundidad. Es que no se accede a la verdad por derecho, con encuestas o votos, sino a puro conocimiento. Tampoco tenemos derecho a acrecentar el conflicto político para sacar rédito del mismo. Del poder del dinero, de la capacidad de comprar jueces, legisladores, economistas, y periodistas, sale un horrendo mal olor, de modo que no es de allí que puede provenir la comprensión y el acceso al interés general. Y menos de tratar de quitarle entidad política y social, encerrando en el terreno técnico, lo que es un drama diario inserto en nuestra vida real. Nos queda entonces el ancho camino de la razón, el sentido común, la pretensión de solidaridad, y por sobre todas las cosas la buena fe. Mas la enorme montaña de datos objetivos, observables a diario, a través de medios y mercados. Y lo primero que muestran esos mercados es una seria divergencia entre las afirmaciones del sector financiero local, y el de Wall Street. Pues mientras los locales defienden como bueno y conducente el rumbo actual, los mercados externos nos retiran la confianza. Sube fuertemente la tasa de interés de los bonos emitidos por el gobierno, cae la cotización de las acciones de las empresas argentinas, las calificadoras de riesgo nos bajan la calificación del país y las empresas, se acortan los plazos para las Obligaciones Negociables y sube su tasa de interés, se interrumpen las inversiones directas, y se pone en duda la financiación al gobierno a partir de ahora mismo. Con lo cual queda claro que el reducido grupo afecto a los altos intereses y la moneda sobrevaluada, causante de los mismos, tampoco resulta creíble para su contraparte en el exterior. Es por eso que para Argentina no tiene sentido tomar como referencia las propuestas del sector de los altos intereses, pues ya no son interlocutores válidos, ni siquiera en el tema de la financiación del crecimiento. Y en el marco interno, ¿qué negocios pueden prosperar cuando la tasa de interés local llega al triple de la que ha hecho aterrizar a la economía de los EEUU?. Cuando el martes 7 de Noviembre el presidente de la Nación comprobó que un grupo de bancos importante le había prestado dinero al gobierno, a la tasa equivalente del 16% anual, sufrió con seguridad una fuerte desilusión. Pues corroboró la miopía, cortoplacismo, y falta de responsabilidad de un sector, por el que él y su gobierno han apostado y perdido enormes porciones de credibilidad y caudal político. La tasa de interés lograda por los bancos, aprovechando la falta de financiación externa del gobierno, no ha hecho mas que anunciar públicamente el estado de deterioro final, y aproximación al default, de las finanzas públicas. Renovada derrota del interés general, a manos de un sector menor de nuestra economía. Básicamente el error de este sector fue suponer que las condiciones de estabilidad de precios, y ordenamiento bancario, alcanzaban para asegurar la confianza externa, y a partir de ella el crecimiento. Sin entender que dichos aspectos son tan necesarios como insuficientes, y que el requisito de buen balance de divisas es la contracara indispensable del acceso a la confianza. Pero un buen Balance de Pagos nunca podrá lograrse en un contexto de atraso cambiario, determinante de la fuerte pérdida de competitividad. Claro que esto no va a ser reconocido porque implica perder el subsidio cambiario que recibe a diario. Entendido entonces que los agraciados por los altos intereses, ni aportan al financiamiento del crecimiento, ni al interés general, sino hacia sus infinitos bolsillos, vale la pena observar la opinión de los que son muchos y demandan bajos intereses. Con independencia de cuestiones políticas o electorales, Argentina piensa que así como la economía de las empresas tiene por objeto acrecentar el capital de las mismas, la economía de los países esta para mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Algo que definitivamente no parece conseguirse en medio de un ordenamiento macroeconómico de altos intereses, de un feroz endeudamiento externo, del grotesco desajuste entre exportaciones y deuda, o usando una moneda tan cara como la mas cara del mundo, pero sin soporte financiero para aguantar la suma del los déficit de presupuesto y de cuentas externas. La recesión, la desocupación, la humillación, el hambre, y la pobreza, no están en los objetivos de Argentina, y menos cuando se trata de muchas, muchísimas personas. Es tan grande esa cantidad, que ha terminado por derrumbar la Calidad en nuestro país. Pero Argentina no ve razón alguna para perder su dignidad, por lo que el conflicto planteado tiene un sentido político profundo, tiene mas nivel que una mera diferencia entre intereses, y por ello no se va a detener hasta el final, hasta el restablecimiento del respeto por nuestra gente, que nunca debió perderse, y que no se puede comprar. Para Argentina, la razón y la dignidad están esta vez del mismo lado, en el corto y el largo plazo. Las demandas políticas, representan en lo económico el avance de la línea de pobreza, pero en lo moral el reclamo de un mínimo de respeto y dignidad para todos los habitantes. Está demasiado claro que el conflicto de intereses no es simétrico, pues de un lado se defiende el interés utilitario, mientras que del otro va en juego la calidad de vida y la obligación moral de derrotar la marginalidad económica y social de nuestra población. En definitiva el veredicto de Argentina pasa por reducir el peso de los intereses, ajustando sobre la moneda y no sobre la gente, hasta agrandar la provisión de divisas, para poder honrar nuestros compromisos y bajar el riesgo país. La causa justa está de un solo lado, no esperemos hasta el desborde, el orden institucional nos ha costado no pocas vidas, no tenemos derecho a vivir en el limbo…o a vender nuestro silencio.