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Por la Producción, el Trabajo y la Dignidad Nacional

27 de agosto de 2001 – Casa Suiza – Rodríguez Peña 254, Ciudad de Buenos Aires Productores agropecuarios, mujeres y hombres del interior, argentinos: Agradecemos a todos su presencia y participación en esta Asamblea por la Producción, el Trabajo y la Dignidad Nacional convocada por el Frente Agropecuario con el propósito de analizar y debatir la situación del sector agropecuario en el grave contexto por el que atraviesa nuestro país.

Nuestra propuesta, en la que venimos insistiendo desde hace muchos años, es la defensa de los legítimos intereses de los productores rurales y el reclamo de soluciones de fondo en un marco de unidad gremial, con firme determinación y sin compromisos con los poderes establecidos. Es desde hace tiempo que sostenemos que el campo soporta una situación económica y social intolerable y que, durante la última década, expulsó productores, torturó psicológicamente a los integrantes de la familia rural, destruyó empresas y vulneró la autoestima de infinidad de mujeres y hombres del campo, quienes, endeudados y sin alternativas, fueron obligados a salir del circuito productivo, en muchos casos aceptando con culpa su propio exilio. Señalamos y advertimos muchas veces que este proceso generado por el modelo económico implementado a principios de la década pasada provocaba en el agro la pérdida irreparable de vocaciones rurales, el éxodo y el desarraigo salvaje de las familias del campo, la quiebra de las economías regionales, el despoblamiento del interior, la desnacionalización y concentración de la tierra y de la economía, y la ruptura del equilibrio geopolítico de nuestro territorio; finalmente, la destrucción del tejido social y productivo de nuestro interior. Esto pasó en la Argentina de los 90, que como Nación, siguió también un camino de sufrimiento y retroceso que aún continúa. En marzo de 1991, cuando Domingo Cavallo, ministro de economía de entonces, establecía que 1 peso era igual a 1 dólar, desde el Frente Agropecuario, unos pocos dirigentes empresariales y sindicales, junto a un reducido grupo de economistas, decíamos que con ese esquema se iniciaba un proceso económico devastador. Debemos hacer memoria porque en esos años el engaño comenzaba y el placebo inicial propio de la abrupta estabilidad, posterior al proceso hiperinflacionario del 89, ayudó a que estos aprendices de brujos convencieran a muchos argentinos que nuestro país había iniciado, como por arte de magia, y mediante un simple procedimiento monetario virtuoso, el camino hacia al primer mundo. Créditos, tarjetas, dólares baratos y artículos importados por doquier emularon a los espejitos de colores de los conquistadores. Todas manifestaciones de un planteo ilusorio que permitió, a unos pocos -desde adentro-, con total impunidad ética e intelectual, conformar huestes fundamentalistas del mercado y de la apertura indiscriminada, acompañadas por obsecuentes de los gobiernos de turno, por cholulos de lo importado y por partiquinos del golf, dispuestos a servir a los verdaderos ganadores del modelo. Pero este arbitrario esquema de globalización y pensamiento único, resultaba funcional para que otros desde afuera aprovecharan el engaño y la corrupción de los de adentro para quedarse con todas las empresas de servicios públicos a precio de liquidación, con las rutas mas transitadas con peajes escandalosos y sin caminos alternativos, con el petróleo de nuestro subsuelo, con la riqueza ictícola de nuestra plataforma submarina, con nuestros aportes jubilatorios, con nuestros puertos, barcos y líneas aéreas de bandera, y con la mayoría de nuestras mejores empresas. Esto significó una desnacionalización salvaje del patrimonio público y privado de todos los argentinos y sin precedentes en el mundo. Este proceso aún no concluyó. Ahora vienen por más. Ahora miran con ganas al Banco de la Nación, al de la Provincia de Buenos Aires, a la AFIP, la ANSES, la Aduana y a la Dirección General Impositiva, entre otros organismos públicos. Desde 1993, como integrantes del Encuentro de Economistas Argentinos, explicamos una y otra vez con precisión cómo el modelo económico de convertibilidad, con tipo de cambio fijo y bajo, había provocado una distorsión de precios relativos que perjudicaba a los bienes transables internacionalmente y permitía a unos pocos apropiarse de los frutos de nuestro trabajo. Se sucedieron comunicados de prensa, notas y libros publicados por Eduardo Conesa, Eduardo Curia, Marcelo Lascano, Gerardo Tresca, Héctor Valle, Juan José Guaresti, entre otros integrantes del Encuentro de Economistas. Con serios análisis se explicaban las razones y la necesidad imperiosa para realizar cambios macroeconómicos de fondo, pero tampoco esto fue tenido en cuenta. Por el contrario gurúes y economistas del establishment vernáculo e internacional, nos descalificaban mientras instalaban un discurso confucionista, afirmando casi a diario y por todos los medios de prensa, ser los poseedores de la fuente del conocimiento y la verdad. Todavía persisten con ese discurso: estamos mal pero vamos bien. Eso sí, siempre explicando y justificando la necesidad de un nuevo ajuste a los de siempre y mayor endeudamiento para el país. En 1995, el modelo ya se quedaba con mas de la mitad de nuestro poder de compra por una distorsión de precios relativos que superaba el 50%. Las divisas ingresadas a nuestro país por todas nuestras exportaciones de carne apenas alcanzaban para cubrir las ganancias de dos empresas telefónicas, y los déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos se incrementaban en cada ejercicio. Con interdicción oficial y oficiosa para difundir nuestras ideas levantamos tribunas en Ranchos, Saladillo, Cañuelas, Florencio Varela, Punta Indio, Adolfo Alsina y Bolívar. Nos concentramos en la Plaza de Mayo, participamos en la Marcha Federal, en paros y asambleas en La Pampa, Formosa y Santiago del Estero. De esta forma insistíamos ante el gobierno acerca de un proceso que se potenciaba de manera alarmante. Denunciábamos esa realidad porque día a día veíamos a amigos, vecinos y conocidos irse para siempre de sus pueblos y de sus campos, algunos hacia los cinturones de pobreza de las grandes ciudades. Pero el gobierno, el establishment y sus adulones decían que eso sucedía porque estábamos ingresando en el primer mundo. Por consiguiente, la solución era entonces la reconversión vertical. Los productores no teníamos escala y debíamos integrarnos y transformarnos. Los ganaderos, en matarifes y carniceros; los chacareros, en molineros y panaderos, o dedicarnos a curtir carpinchos para poder subsistir. En tanto, al mismo tiempo, aparecían los que se quedaban con las tierras del éxodo rural y con nuestras empresas que se caían por el endeudamiento de su propia reconversión. Mientras, el campo, a pesar de padecer quebrantos y endeudamiento, respondía a la crisis y a la injusticia con récords de producción. Así llegamos a 1997, en que las ejecuciones por deudas alcanzaban niveles alarmantes en el agro. Desde la Pampa, con el rosario en la mano y las estrofas del Himno Nacional en sus labios, las integrantes del Movimiento Nacional de Mujeres Agropecuarias en Lucha impedían los remates de los campos y de las chacras. Y mientras que la desaparición de productores aumentaba en progresión geométrica, aquellos predicadores del modelo decían que para revertir la situación, ahora había que dedicarse a producir los denominados “especialitis”. Así fue como, siguiendo estas recomendaciones algunos comenzaron a producir ranas, iguanas, camarones, ciervos y ñandúes, alternativas que no contribuyeron a solucionar los problemas de rentabilidad de la agricultura y de la ganadería. Es en este contexto de injusticia manifiesta que el tejido social del interior se resquebraja, porque los productores agropecuarios y los integrantes de las comunidades que dependen del campo sufren el desarraigo, la desaparición de su cultura y de lo que saben hacer. Expulsados de las explotaciones, ellos y sus dependientes, desde la pobreza creciente en los suburbios de las grandes ciudades, resultan víctimas de la degradación social y cultural del asistencialismo y el clientelismo político, que les acerca planes trabajar para desactivar los piquetes de la desocupación y la marginalidad, o colchones y comida a cambio de votos. Pero parecería que no alcanza con la enorme desocupación y la marginación que provocaron. Ahora siguen con el ajuste perpetuo, y con la imposición de mas condiciones leoninas. Porque el negocio de los dueños de la globalización no es la quiebra de la Argentina sino la subordinación absoluta a sus intereses. Los poderosos de la globalización ahora están preocupados, pero no especialmente por nosotros. Están inquietos porque la caída de la Argentina reflejaría su propio fracaso, el de los firmantes del Consenso de Washington. El fracaso de los que impusieron la teoría del desarrollo con dependencia y sumisión. Nuestro país fue su mejor alumno, el que hizo todos los deberes y el mejor ejemplo para mostrar y convencer al resto de los países emergentes. El lugar donde se implantó un modelo fríamente calculado y con deliberada planificación que debía mantener un tipo de cambio subvaluado que estimulara las importaciones y las inversiones especulativas; que privatizara todas las empresas de servicios públicos y que liquidara a todos los organismos del Estado garantes de nuestros legítimos intereses. Así fue como desaparecieron, con el aplauso de muchos de nuestros propios dirigentes, las juntas nacionales de carnes y de granos, y casi todos los instrumentos de intervención estatal, mecanismos y organismos hoy presentes en los Estados Unidos de Norteamérica, en la Unión Europea y Australia, entre tantos otros países exitosos del mundo, que regulan, subsidian y controlan por todas los medios la producción, en defensa de sus productores, de sus habitantes y de sus intereses como naciones desarrolladas, libres y soberanas, en el marco de fuertes competencias entre bloques comerciales. Productores: El modelo ha colocado a nuestro país en un estado de permanente default, que necesita de blindajes, megacanjes y ajustes sobre ajustes para que la cesación de pagos no se manifieste. Para salir de la trampa, la Argentina debe reprogramar su economía, recuperar la moneda nacional y establecer una relación madura y equilibrada, justa y equitativa con el mundo del comercio exterior. Con una visión de largo plazo y con un proyecto de crecimiento y desarrollo asociado a relaciones internacionales sostenidas con poder de decisión nacional e importantes niveles de inversión en educación. Para ello es necesario la independencia en la investigación y en los avances científicos y tecnológicos. El progreso de nuestro país dependerá de su capacidad para desarrollarse en este sentido, pero nunca podrá lograrlo eliminando fondos docentes, y menos aún aplicando aranceles a la educación universitaria. Debemos también advertir a los productores y a la opinión pública que el núcleo duro del problema no pasa por el gasto público o por los políticos que sobran. Es cierto que hay ñoquis y dirigentes políticos y sectoriales que deben desaparecer; gastos innecesarios que deben recortarse, corrupción en la administración pública que debemos combatir, ajustes en la política que hay que realizar. Hay dirigentes agropecuarios, sindicales y políticos indeseables y corruptos que hay que descartar. Pero no podemos quedarnos con esta verdad a medias y aceptarla como la madre de todos nuestros males. Creemos que debe haber mas política y mas políticos, es decir más vocaciones en la conducción de los asuntos públicos, pero de verdad y al servicio de los nobles intereses que representa esa actividad. De esa manera será posible evitar que lleguen al poder individuos como los que con total impunidad ética e intelectual, endeudaron a nuestro país en mas de 200.000 millones de dólares. Como los que desde el exterior provocaron la hiperinflación del 89 para poder aplicar, también con impunidad, el modelo de los 90, este sí el máximo responsable del drama nacional. Son los mismos que se rasgan las vestiduras en defensa de la estabilidad pero luego de haberse posicionado en la cúspide de una pirámide de distorsión de precios relativos descomunal e inaceptable. Nosotros queremos más que ellos la estabilidad de precios y salarios pero primero está la justicia y la equidad. Esto significa que como condición previa se debe plantear la modificación de los precios relativos de la economía, de los bienes transables y del poder de compra del salario real de nuestro pueblo, hoy desquiciados por las ganancias desmedidas de las empresas de servicios públicos privatizadas, por el sistema de capitalización de las obras sociales, por tarifas exorbitantes aplicadas por las empresas de combustibles y peajes, y por el sistema financiero nacional e internacional a través de tasas de intereses escandalosas y amortizaciones de una deuda externa impagable y en un alto porcentaje ilegítima. Productores: El 10 de agosto pasado, en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional fuimos testigos presenciales de una conferencia que creemos histórica. Un puñado de legisladores, con enorme esfuerzo y valentía personal, por encima de cualquier error o cuestión periférica, denunciaron el circuito económico financiero delictivo de la última década. Abordaron la investigación de la matriz mafiosa de este modelo económico y mostraron el sustento de un régimen político corporativo que posibilitó la casi destrucción de la Argentina como Nación. Así, explicaron cómo se llevaron, ocultaron y lavaron los miles de millones de dólares del éxodo rural, de la desaparición de las pequeñas, medianas y aún grandes empresas nacionales, de la desocupación, de la exclusión y del escandaloso endeudamiento de la Argentina y de la inmensa mayoría de sus habitantes. Por esto acompañamos las investigaciones por la verdad y la justicia, que en el caso del agro, servirán para desenmascarar a los responsables de este verdadero AGRICIDIO, de este proceso premeditado y de acción sistemática que provocó la desaparición de una tercera parte de los productores. Una profecía autocumplida lanzada por los propios ejecutores del programa. Pero para encontrar soluciones la Argentina también necesita cambios en sus organizaciones políticas, sindicales y empresariales, y el agro no es la excepción. Son muchos los productores que hoy, a la hora de los reclamos, no se sienten representados. Los planteos críticos a los institutos de promoción de las carnes y los lácteos, el rechazo a los sistemas de trazabilidad compulsivos, al uso de microchips, y los cuestionamientos a los planes de lucha contra las enfermedades del ganado, que compartimos con otras organizaciones, no son considerados por ciertos legisladores, funcionarios provinciales o nacionales, ni por algunos dirigentes agropecuarios que nos traban las puertas. La tarea que tenemos por delante para reconstruir el sector agropecuario y la Nación no pasa por cuestiones de izquierdas o derechas, de socialistas o liberales, de radicales, conservadores o peronistas, de cristianos, judíos o mahometanos. No es cuestión de divisiones entre los ganaderos de la Sociedad Rural Argentina y los minifundistas, pequeños chacareros o contratistas. La unidad que propiciamos para rescatar la cultura productiva de cientos de miles de productores es con todas las mujeres y los hombres del campo sin distinción de ninguna naturaleza, pero con una clara y precisa misión: la defensa de los intereses de la familia y la empresa rural como los ejes del desarrollo y el progreso agropecuario nacional. Intereses que propiciamos en función del bien común, del bienestar general y del rumbo para recuperar a una Argentina que como Nación merecemos. Por esto reclamamos la conformación de un Gran Movimiento Agropecuario Nacional, democrático y con la participación real y efectiva de todas las organizaciones. El Movimiento Nacional de Mujeres Agropecuarias en Lucha, la Confederación General de la Producción, el Frente Agropecuario Nacional deben formar parte. También las organizaciones regionales, provinciales y específicas: los tamberos, los fruticultores, los vitivinicultores, los floricultores y horticultores, los productores forestales, los yerbateros, los tabacaleros, los arroceros, los avicultores y los apicultores, como tantos otros, deben estar presentes a la hora de los debates en un marco de fuerza colectiva y de unidad, para poder defender con posibilidades de éxito sus legítimos intereses. Es por ello que invitamos a todas las entidades del agro a convocar a la Asamblea Agraria Nacional, para lograr un ámbito con la representación genuina de todas las instituciones, regiones y productos. Un marco gremial que termine para siempre con todos aquellos que olvidándose de las necesidades de sus representados se acollaran al poder político de turno en procura de su propio beneficio. Los 2300 millones de dólares de créditos incobrables que ahora deberán pagar todos los bonaerenses, y la concentración crediticia en beneficio de unos pocos amigos, en un banco como el de la Provincia de Buenos Aires, con muchos directores surgidos del empresariado, incluido los del agro, sumado al pacto de silencio político corporativo que ocultó la fiebre aftosa, son dos ejemplos paradigmáticos de las falencias gremiales denunciadas más que suficientes para exigir a las entidades y al poder político el cambio que proponemos. También deberemos mancomunar esfuerzos junto a la pequeña y mediana empresa del comercio y la industria nacional, junto a los sectores del trabajo, la ciencia y la educación. Junto a los técnicos, profesionales y empleados de la Secretaría de Agricultura, del INTA, del SENASA y del INTI; junto al Comité Nacional de Defensa del Usuario Vial, a los estudiantes y docentes universitarios y a los científicos del CONICET. Por esto también invitamos a todas las entidades representativas de esos sectores a integrar la “Mesa del Empresariado Nacional Pyme”, recientemente conformada. Hemos convocado a esta Asamblea por el Trabajo, la Producción y la Dignidad Nacional. Para dar voz a los que no tienen voz, la palabra, a los que no son convocados a los despachos oficiales, la posibilidad de opinar, a los siempre ausentes en las comisiones de agricultura y ganadería del Congreso Nacional, a los discriminados en las mesas de trabajo de la Secretaría de Agricultura, en las comisiones de sus organismos dependientes, como el SENASA y el INTA, y en los ámbitos de discusión de los poderes provinciales. En todos los casos ausentes en estas reuniones de consensos con discriminación que organiza el poder. Mujeres y hombres del campo: los que reclamamos verdad y justicia, los que exigimos cambios macroeconómicos de fondo, los que rechazamos el modelo económico aplicado desde hace más de una década, los que soñamos con un país distinto, hoy estamos aquí. Somos los productores del Frente Agropecuario Nacional, los de la Federación Agraria Argentina, somos las chacareras del Movimiento Nacional de Mujeres Agropecuarias en Lucha, somos los productores de la Unión General de Tamberos, los endeudados de ASUSERFI y de las economías regionales, somos los productores de la Confederación General de la Producción, los horticultores de la Plata, los autoconvocados de Bolívar, de Ranchos y de Adolfo Alsina, los productores de Punta indio, de Verónica, de Florencio Varela. También los de nuestro interior lejano, los productores de Formosa, Corrientes, Santiago del Estero y La Pampa, entre tantas otras entidades y regiones. Somos los que reclamamos desde esta Asamblea junto a los que hoy nos están acompañando desde sus explotaciones porque piensan como nosotros. Productores: en nombre del Frente Agropecuario dejo abierta esta Asamblea del campo. Los invito a luchar juntos por nuestra patria. La Argentina aún tiene su destino de grandeza por forjar. Porque conserva su geografía, sus riquezas naturales, su pueblo, su historia y su cultura. Por nuestras familias, por el futuro de nuestros hijos. Recuperemos la producción el trabajo y la dignidad nacional. Ing. Horacio Delguy Presidente del Frente Agropecuario Nacional