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El mensaje de Veronica

FRENTE AGROPECUARIO NACIONAL Nos encontramos a pocos días de finalizar el año. Son tiempos de buenos deseos, tal vez, no demasiado apropiados para plantear ante ustedes el triste diagnostico de la economía agropecuaria y el enorme padecimiento de la familia rural que asamblea tras asamblea y a través de esta larga y penosa década hemos estado denunciando. Hoy vamos tratar de explicar lo ocurrido pero al mismo tiempo destacar la posibilidad cierta de encontrarnos frente a un futuro mejor.

El agro fue la primera víctima anunciada por los sostenedores del modelo económico implementado durante la década del 90, fue cuando desde la misma Secretaría de Agricultura se pronosticó la caída de mas de 200.000 productores. Una profecía diabólica hoy lamentablemente cumplida. Pero ustedes dirán como fue posible semejante atropello. Semejante proceso en contra de los legítimos intereses y derechos de los productores agropecuarios sin que existiese la reacción lógica de los afectados. Hoy a diez años vista la respuesta no puede ser otra. Esto sucedió porque por distintas razones y a través de un sinnúmero de responsables fuimos engañados Primero por el placebo inicial del propio modelo económico que nos hizo creer habernos librado del fantasma de la hiperinflación, que habíamos terminado de cuajo con todos nuestros males, que por arte de magia la plata alcanzaba, el crédito aparecía por doquier, el comercio del interior vendía a los productores. Nos había convencido que la Argentina, en 24 horas y sin sacrificio alguno, había entrado en el concierto de las naciones desarrolladas. Creíamos que estábamos en el primer mundo y era difícil para los pocos críticos de entonces convencer a la opinión pública del fraude. Luego, el engañoso bienestar inicial comenzó a desaparecer, empezaban las complicaciones. Pero la mentira tenía que continuar y así es que comienzan a aparecer nuevos responsables. Los gurúes contratados. Algunos, utilizando la figura del síndrome del sapo hervido. La experiencia que un biólogo realizó con estos batracios y que consistía en colocar a estos animalitos en un recipiente con agua que se calentaba paulatinamente, y entonces, estos sapos (para los gurúes los productores agropecuarios), contentos de permanecer dentro del agua templada se quedaban quietos sin darse cuenta que el aumento de la temperatura los terminaba cocinando. En cambio cuando se los colocaba en un recipiente con agua hirviendo saltaban rápidamente salvando sus vidas. Con esto nos querían convencer que, como los sapos, los productores agropecuarios, frente a las enormes ventajas y placeres que nos brindaba el modelo de convertibilidad no nos acomodábamos a las nuevas condiciones y por esto nos iba mal y quebrábamos. Pero la degradación social y económica, de manera alarmante, comenzaba a reflejarse en la campaña a través de la imagen de innumerables taperas, puestos y cascos de estancia abandonados, alambrados en el suelo, tranqueras rotas, y pueblos fantasmas. El síndrome del sapo hervido ya no convencía. Entonces la Argentina minoritaria y satisfecha por el modelo cambió a los gurúes por otros responsables. Ciertos mercaderes mediáticos. Formadores de opinión que comenzaron a plantearnos que la solución pasaba por cambiar los “comodities” por “specialities”. Entonces ahora los productores para subsistir debían dedicarse a curtir carpinchos, a plantar espárragos o a criar ranas, iguanas, ñandúes, ciervos, camarones o pejerreyes. El resultado no podía ser otro, la mayoría de los reconvertidos fundidos con los especialities, quebrados por el endeudamiento de su propia reconversión y junto al resto de los que continuaban sin rentabilidad produciendo comodities, obligados a continuar transitando por el camino del éxodo rural. El discurso oficioso continuaba con nuevas mentiras y más responsables. Ahora con tecnócratas y economistas que aseguraban, debía encararse la reconversión vertical: los ganaderos transformarse en matarifes y carniceros; los tamberos en industriales lácteos o fabricantes de muzzarella; los chacareros en aceiteros, molineros, supermercadistas, exportadores o almaceneros. “Hay que llegar del potrero a la góndola” nos recomendaban con total impunidad ética e intelectual. Pero esto tampoco funcionó, el éxodo rural continuaba, los productores no entendían como a pesar de haber aumentado de manera significativa la producción de leche, de haber engordado más rápido el ganado y de haber duplicado los rendimientos de cereales y granos oleaginosos se endeudaban a pasos agigantados y en proporción directa a ese aumento productivo. Así llegamos a las postrimerías de la década y la irresponsabilidad de cierta dirigencia política y empresarial continuaba apoyando el modelo, aceptaba el discurso falaz y agregaba nuevos responsables que aprovecharon el aumento ocasional del precio de los cereales para aumentar la confusión. La solución del problema agropecuario ahora pasaba por el riego de millones de hectáreas en la pampa húmeda mediante costosísimas perforaciones y a decenas o cientos de metros de profundidad. Los números solo cerraban con rindes de ficción. Maíces de 15 toneladas y trigos de 70 u 80 toneladas eran apenas los rindes de indiferencia. Entonces, el que no regaba era un troglodita, era un idiota que merecía fundirse. Hoy los resultados también están a la vista, la mayoría de esos productores quebrados o con sus equipos abandonados por los altos costos de combustibles y mantenimiento. Pasaron diez años. No podemos tolerar que se nos continúe engañando. Tenemos que defendernos y para ello debemos tener presente que, la exclusión social, el éxodo rural y la quiebra de nuestras explotaciones no se deben a nuestra ineficiencia o tozudez para el cambio. Tampoco esta profunda y salvaje transformación del esquema de producción agropecuaria en la Argentina hallará respuesta sólo en las consecuencias ineludibles de la globalización de la economía mundial, en la baja de los precios internacionales o en los subsidios que dan a sus agricultores los países del primer mundo. Los efectos negativos que afectan la economía de los productores rurales, son consecuencia directa de dólares ficticios y costos en pesos insólitos y disparatados para nuestros precios corrientes. Esto es lo que en economía se conoce como distorsión de precios relativos. Un esquema económico puesto en vigencia a partir de 1991 que permitió y permite a unos pocos individuos y empresas apropiarse del trabajo y del esfuerzo de la inmensa mayoría de los argentinos. También para privar a nuestro país de su poder de decisión nacional. Como decíamos hace pocos días en Bolívar. Para el productor agropecuario, un simple corte de pelo requiere alrededor de 150 kilogramos de maíz; su aporte jubilatorio, 2.500 kilos por mes, y para afrontar la obra social de su grupo familiar debe desembolsar mensualmente mas de 4 toneladas del mismo cereal. Ni qué hablar respecto a los peajes, esos engendros que conforman verdaderas aduanas interiores sobre rutas existentes y sin caminos alternativos de circulación. Un camión que transita por la ruta 2 desde Buenos Aires a Mar del Plata debe pagar por ese concepto el equivalente a 3 toneladas de yerba, a 2 toneladas de maíz o alrededor de 1.000 litros de leche. Pasaron diez años y el modelo de los ‘90 nos deja un país con las tarifas de los servicios privatizados fijadas en dólares y con valores que superan varias veces los internacionales, con una acumulación de pasivos privados en moneda extranjera a intereses escandalosos, con casi 200.000 millones de dólares de deuda externa pública y privada, a pesar de haber vendido por casi 30.000 millones de dólares a todas las empresas del estado, con una vulnerabilidad externa condicionante del poder de decisión de la Argentina como Nación. Cinco veces más endeudados respecto del inicio de la convertibilidad y con la necesidad imperiosa de un nuevo préstamo o blindaje financiero de 40.000 millones de dólares. Un monto superior al de toda la deuda externa de nuestro país al inicio de este proceso de disgregación nacional. También deja a los productores agropecuarios con una distorsión de precios tal que hoy significa un poder de compra de tan solo el 35 % sobre la base 100 de la década del ‘80. Una relación económica que representa retenciones implícitas a las exportaciones del orden del 65 %. Un desequilibrio equivalente a la pérdida de las dos terceras partes de nuestra producción. En diez años el valor de seis zafras de terneros y seis cosechas fueron transferidas por el campo a unos pocos que, desde afuera y desde adentro, presionan y presionarán a cualquier gobierno para continuar con esta situación. Es decir, con el rumbo que nos conduce por el camino de la desnacionalización sin retorno de la mayor parte del patrimonio público y privado de todos los argentinos. Así es como nuestros aportes previsionales, ahora en manos de empresas privadas con fines de lucro se prestan al Gobierno Nacional, es decir a nosotros mismos a tasas del 16% anual en dólares. Así es como hoy, en el país de las vacas, los dólares de todas nuestras exportaciones de carne no alcanzan para cubrir siquiera las ganancias anuales de dos empresas telefónicas; y las deudas de los productores, que rondan los 10.000 M. de U$S son equivalentes al valor de todo el rodeo de ganado vacuno nacional. Es decir, en la Argentina del modelo económico de convertibilidad todas las vacas de nuestro país pasaron a ser propiedad de los bancos. Así se mueve la Argentina de hoy: una sociedad fracturada, con dirigentes que prosperan y millones de argentinos que se pauperizan. Un país confundido y al servicio de unos pocos pero fuertes intereses económicos. Esos que gobernaron en la última década y que seguirán imponiéndose si los productores agropecuarios, las mujeres y hombres del interior, y todos los argentinos no tomamos la decisión de unirnos y movilizarnos detrás de la bandera de la unidad nacional; detrás de un gran movimiento agropecuario nacional; detrás de dirigentes políticos y sectoriales cuya trayectoria, su historia y su conducta nos aseguren la disposición para salvaguardar a la República Argentina como nación y para defender los intereses mayoritarios por sobre todas las cosas. El gobierno nacional debe tener la valentía y el coraje político suficiente para adoptar con urgencia los mecanismos que permitan una salida ordenada del actual esquema económico. Y la dirigencia empresarial debe reclamar esta salida. Los parches ya no sirven. Lo solicitado por el agro no puede circunscribirse a la rebaja del precio del gasoil, a la eliminación del impuesto a los intereses o a la renta presunta. Tampoco, luego de diez años de injusticia, lograr crecimiento y empleo asegura una Argentina de todos y para todos los argentinos . Entendemos que la dirigencia agropecuaria debe exigir cambios macroeconómicos de fondo y para ello debe difundir a sus representados el diagnóstico correcto. También, rechazar, los planes sanitarios que, como el de brucelosis y tuberculosis implican costos burocráticos y organismos paragubernamentales innecesarios y los proyectos de promoción y trazabilidad que contemplan imposiciones compulsivas para crear institutos y fondos para la promoción de carnes y lácteos que la mayoría de los ganaderos y tamberos afectados por los aranceles se opone a su instrumentación. Ningún dirigente del agro tiene mandato suficiente para aceptar estos nuevos costos de producción. Por consiguiente reclamamos, para resolver estas cuestiones, la consulta directa a los productores afectados. Salir de esta trampa no será fácil por que unos pocos dicen representar a todos y otros pocos nos endeudaron en nombre de todos. La salida ordenada que reclamamos significa que el mayor esfuerzo deberán realizarlo los beneficiados de la última década. Los recursos tendrán que salir de los intereses usurarios del sistema financiero, de las ganancias escandalosas de las empresas privatizadas de servicios públicos, de las tarifas de peajes que no cumplen con la ley, de los beneficios exorbitantes de las empresas de combustibles, de los enriquecidos por la corrupción, y del replanteo y la renegociación de los intereses y amortización de la deuda externa. La unidad sin discriminaciones es el camino para afirmar la representatividad que merecen todos los ciudadanos y sectores en un país democrático y federal. Reclamamos la unidad del sector a través de un gran movimiento agropecuario nacional con la participación de todas las entidades que representan a los productores sin distinción ni exclusión alguna. Una gran Asamblea Agropecuaria puede ser el instrumento que nos conduzca a ese frente nacional sin compromisos con el poder. Finaliza el año y son días de reflexión, son momentos en que como por generación espontánea surge la necesidad de realizar el balance de lo acontecido, de reforzar el impulso superador de los problemas y los equívocos. Balances que implican deseos de felicidad y esperanza que renovamos año tras año. Pero al mismo tiempo no debemos olvidar que, a través de estos períodos, va transcurriendo la vida que en lo gremial, en lo social y en lo familiar compartimos. Darnos cuenta de ello significa también apreciar esas pequeñas pero grandes cosas de la vida. Así surgieron las banderas gremiales comunes canalizadas a través de lo que hoy es el Frente Agropecuario Nacional. Hoy somos mas que marchamos juntos en cuestiones que sobrepasan el ámbito gremial. Una realidad que forma parte de todas esas pequeñas pero grandes cosas que hacen que la vida merezca ser vivida. Por esto el logro más importante del Frente Agropecuario Nacional ha sido simplemente habernos conocido. Productores agropecuarios, el futuro nos espera, juntos y sin compromisos con el poder, unidos a través de un gran Movimiento Agropecuario Nacional, acompañados por nuestros seres queridos y mancomunados a los integrantes de los pueblos y ciudades del interior para poder lograr, en definitiva, la felicidad a través de esas cosas simples pero que hacen que la vida merezca ser vivida. Muchísimas gracias por continuar juntos y nuestros mas sinceros deseos de felicidad Ing. Horacio J. Delguy Presidente del Frente Agropecuario Nacional