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Memoria , Unidad y Visión de Largo Plazo

Buenos Aires, 7 de enero de 2008

La crisis argentina de fines de 2001, la devaluación  de enero de 2002 y el fin de la convertibilidad entre el peso y el dólar dieron lugar a que el país iniciara un proceso de fuerte recuperación económica luego de la depresión de la última década del siglo XX.

En esos tiempos y durante años, desde el Frente Agropecuario Nacional y el “Encuentro de Economistas Argentinos” señalamos los enormes perjuicios que iba a causar a nuestro país la obcecada persistencia en la aplicación de un modelo económico que sostenía un tipo de cambio bajo, que privatizaba recursos naturales y servicios públicos estratégicos, desnacionalizaba nuestro sistema financiero y endeudaba a la Nación.

 

El gobierno de los 90 profetizaba la desaparición de doscientos mil productores agropecuarios, y miles de pequeñas y medianas empresas quebradas comenzaban a desaparecer, sin que importara demasiado. El pensamiento único había atrapado a la inmensa mayoría de analistas, técnicos y dirigentes políticos y empresariales, quienes, por acción, omisión, o intereses particulares, políticos o corporativos, permanecían distraídos u obnubilados por engañosos cantos de sirenas, ignorando la historia y la teoría económica, y convenciendo a la opinión pública de que marchábamos  hacia el “primer mundo”.

La realidad y la economía terminaron por expresar violentamente lo contrario, los gurúes  de los noventa se habían equivocado, y la salida desordenada de la convertibilidad fue la consecuencia. A pesar de vivir la depresión más grave de toda la historia argentina y el éxodo rural sin precedentes, de las dificultades iniciales y de los enormes costos sociales, especialmente soportados por los sectores más desprotegidos de la comunidad,  se inició un camino de superación encausado por el nuevo esquema cambiario y superávit fiscal como el que proponíamos.

En ese nuevo contexto,  los mismos de antes pronosticaban entonces la estampida de la moneda estadounidense y volvían a equivocarse. La economía comenzaba a crecer arrastrada por la licuación de pasivos empresariales, la reactivación del aparato productivo, el aumento de las exportaciones, la sustitución de importaciones y un contexto internacional altamente favorable.

Hoy, a cinco años de la aplicación del nuevo modelo económico de crecimiento y  desendeudamiento externo, vuelven a aparecer los eternos arúspices, augurando a los argentinos un futuro de desastre.

Pero si el Gobierno nacional corrige errores e ineficiencias burocráticas, jerarquiza organismos del Estado, deja de lado actitudes hostiles e inconducentes hacia el sector rural, recupera poder de decisión sobre la estructura energética nacional y desactiva procesos inflacionarios controlando a los grandes formadores de precios, los falsos profetas pisarán otra vez en falso. La Argentina, rica en recursos naturales y humanos, solidaria e integrada al Mercosur y a Hispanoamérica, podrá durante los próximos años continuar creciendo y desarrollándose en todos los ámbitos.

Debemos elevar la mirada para escapar de la coyuntura y observar el mediano y largo plazo. Los problemas del sector agropecuario no serán entonces ni las retenciones a las exportaciones ni el secretario de Comercio Interior de turno. Será la lucha para atemperar el calentamiento global y sus terribles consecuencias; será la pelea por evitar la concentración y la desnacionalización de la economía y del suelo y el subsuelo de nuestro territorio; será el empeño puesto en lograr una sociedad más justa y equitativa, lo que implicará resolver de qué manera se redistribuirá el salto cualitativo y cuantitativo en la producción de riquezas; será discutir políticas y normas para que los pobres sean menos, y menos pobres; será el esfuerzo para evitar que grandes contingentes humanos pasen a ser población sobrante absoluta y combustible de tragedias humanitarias sobre vastas regiones.

Necesitamos un tejido social y productivo del interior unido y solidario con el resto de la sociedad. La actual mesa nacional de lechería es un claro ejemplo que muestra el camino de la unidad y representación, del diálogo con posibilidad de éxito y de los consensos solidarios y sin exclusiones. Consideramos prioritario escapar de la antinomia campo-industria mediante planes sectoriales agropecuarios de largo plazo integrados a un proyecto de desarrollo nacional, con la incentivación de las investigaciones científicas y tecnológicas al más alto nivel. En ese marco se lograrán evitar las inadmisibles inequidades entre los eslabones de las cadenas agroalimentarias de ganados y carnes, cereales, oleaginosas, frutas, hortalizas y productos regionales, hoy distorsionadas a favor de los más poderosos y concentrados.

Si no corregimos los problemas y no somos capaces de superar los desencuentros, se perdería la oportunidad de seguir en el rumbo de elevadas tasas de crecimiento con reducción del desempleo y de la deuda externa que el país viene experimentando durante el último quinquenio y que permiten avizorar un futuro mejor.

Horacio Delguy

Presidente del Frente Agropecuario Nacional